lunes, 12 de diciembre de 2011

El profe y su vocación









La vocación irrenunciable del profe

Juan José García Posada | Medellín | El Colombiano. Publicado el 12 de diciembre de 2011
Yo no renunciaría a mi responsabilidad esencial como profesor de Periodismo si me decepcionara el bajo rendimiento de los alumnos. Inventaría otro método para asegurar su receptividad, mejorar su actitud ante los contenidos y las tareas del curso y avanzar en la afinación de las competencias comunicativas y literarias requeridas. De vez en cuando han aparecido estudiantes mediocres y malos, pero esas frustraciones se vuelven anecdóticas al apreciar, a lo largo y ancho de mis cuarenta años de docencia universitaria, la respuesta de los mejores y el testimonio excelente que muchos egresados aportan en el trabajo profesional y el servicio público meritorios.

El profesor Jiménez, de la Javeriana, ha publicado en El Tiempo su respetable decisión de renunciar a las clases porque no pudo comunicarse "con los nativos digitales". Así denomina a sus exalumnos. Hasta ahora no se conoce la versión de ellos. Es probable que, como mínimo, se sientan avergonzados por el concepto en que los tiene el colega. En la educación se necesita una inmensa paciencia. Montaigne decía que el más paciente debía ser el estudiante. Esto a veces lo olvidamos los profesores. Así sea cierto que, dígase lo que se dijere, sigamos teniendo la potestad de decir la última palabra, porque la relación profesor-alumno se basa en la obvia y necesaria jerarquía de saberes, de parte y parte debe hacerse un esfuerzo intelectual por sostener y comprender un lenguaje común y un horizonte compartido, con la iniciativa del docente.

Muchos jóvenes de hoy no leen ni escriben como pretendemos que lean y escriban. Mientras les dure la obsesión informática se encierran en la virtualidad. Prefieren la compañía solitaria (esto es un oxímoron) del ciberespacio y las llamadas redes sociales, al diálogo con los prójimos. A veces se comunican por señas , mediante signos y emoticons . Van configurando una suerte de metalenguaje. Suelen confundir la sala de redacción donde practican con un cibercafé. Todo eso lo padecemos, lo criticamos y lo evaluamos los profesores. Pero creamos en su talento para leer y comprender.

La solución no consiste en exponer a los alumnos a comentarios costureriles en reuniones de comunidades académicas, ni en desacreditar la formación periodística, si está en proceso de continuo mejoramiento. El Periodismo y la docencia universitaria son palingenésicos, rejuvenecedores. Además de aprender y saber cada día más, los profesores debemos acreditar paciencia infinita y tener la sapiencia, la sagacidad y la audacia necesarias para innovar, transformar y actualizar contenidos, para ingeniar una metodología sugestiva y eficiente y para elaborar propuestas inteligentes de comunicación con los nuevos colegas, que ayuden a conciliar el conflicto entre generaciones. ¿Renunciar? Sólo cuando uno ande por ahí hablando con los árboles o chochando por los corredores. Y el día esté lejano.