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jueves, 26 de julio de 2012

Tokyo ya no nos quiere: Sobre esta novela de Ray Loriga

TOKYO YA NO NOS QUIERE:
DE LA AMNESIA DE LAS VAGUARDIAS A LA DESHISTORICIDAD EN LO POSMODERNO

Por: Raúl de J. Roldán Álvarez

Sábado, 3 de mayo de 2008

Lectura basada en la novela de: LORIGA, Ray. Tokio ya no nos quiere. Plaza & Janes. Colección Ave Fénix. Barcelona. Febrero 1999. ISBN: 84-01-38589-X. título en inglés: Tokio already does not love us.

En la modernidad, el concepto fundamental ha sido la amnesia, el abandono de un pasado que se concretó con las vanguardias artísticas: voluntad de futuro expresada en éstas, propuesta de alejamiento de los antiguos mitos. Estas vanguardias, fueron ensambladas sobre la idea universalista de “progreso”, fueron sustentadas en la velocidad tecnológica de los medios y en la concreción de un sistema de información altamente eficiente. Ahora, con dicho “avance”, lo que debe erradicarse es la memoria misma: la era de la información ha sido superada, y se abre el camino a un juego de deconstrucciones que no solo rae de la mente humana cualquier proceso de identificación con un pasado –comenzado ya en la modernidad—sino que borra de tajo cualquier posibilidad de retorno al mismo. En la modernidad, con Nietzsche, “Dios ha muerto” y se abre la era de la opción por una existencia que debe trascender el dogma religioso. En la actualidad de la novela que comentaré, por el contrario, es Nietzsche el que ha muerto. ¿El objetivo? Si se tiene la información y la máquina para procesarla, ¿qué sentido tiene que un ser altamente conflictivo como el ser humano, conserve su existencia y, por tanto, la égida que preserve la nueva concepción de “progreso”? El objetivo, entonces, instaurar un sistema. ¿El paradigma? Una forma de pensamiento altamente formalizada en la que no quepa la posibilidad de ambigüedad. ¿La metodología? Hacer de la memoria histórica un mecanismo inapropiado para el nuevo orden social, fundamentando, cada vez más, la necesidad de un sistema que esté más allá de cualquier subjetividad y desarrollar, paralelamente, una caja de herramientas sociales para su implementación. ¿La estrategia? Borrar de la memoria cualquier relación con un pasado histórico que se convierta en una carga para las nuevas formas de expresión que se requieren y deben de desarrollarse sin conflicto social alguno. ¿La técnica? el desarrollo de una química que apunte al control del cerebro humano y ataque, en sí, la culpabilidad propiciada por la evocación, concepto éste que obstaculiza la buena marcha de un sistema. ¿El subterfugio? Liberar al hombre de la atadura del tiempo y proporcionarle una vida feliz sin preocupación alguna, o sea, ofrecerle a este enfermo un “paraíso de cucaña” –hablando con palabras de Estanislao Zuleta. He aquí, el sentido general de la novela Tokio ya no nos quiere.

El anterior contraste conceptual, se convierte, en cierto modo, en la apuesta fundamental de la novela en mención, producida por el escritor y cineasta español Ray Loriga. No sin antes aclarar, que dicha apuesta lingüística y literaria, se realiza por medio de una estructura superficial, cuyo componente léxico-semántico y su desatada estructura de oraciones y párrafos que ponen a saltar las ideas de un lado para otro, derivan en un conjunto de relaciones que solo pueden ser establecidas por el lector, en tanto atienda la particular cohesión del texto, lograda a partir del vínculo entre expresiones que se encuentran en párrafos no consecutivos. La lectura, por tanto, no puede realizarse de modo lineal sino guardando una idea en la memoria temporal en tanto se asimila la que sobreviene, dado que la primera solo puede ser retomada dos o tres párrafos más adelante: es un juego de círculos dentro de otros círculos.

Así mismo, el conjunto de proposiciones que sirven de base al discurso que se construye en Tokio ya no nos quiere, delatan el estatuto ficcional de la novela contemporánea, en la cual el conflicto derivado del tratamiento del tiempo y del espacio es el punto de partida de todo narrador, que en el caso que nos compromete, es un narrador-participante, el cual se identifica como vendedor de una droga que borra la memoria, lo que equivale a decir, un verdugo inconsciente de la historia personal y social. De aquí, que el discurso desarrollado por el narrador-participante en mención, patentice la intención directa de dejar en su lector, un cierto sabor estético e ideológico, que debe llevarlo a cuestionar no solo la matriz espacio-temporal en la cual se encuentra sumergido en lo social sino a reflexionar sobre qué significaría su identidad, en una sociedad en la que dichos ejes edificadores de lo subjetivo y lo contextual no formen parte de su imaginario y queden, en consecuencia, bajo el control externo de una entidad virtual sin nombre.

En la dirección anterior, la estructura profunda de Tokio ya no nos quiere podría ser interpretada desde la concepción sociolingüística. Puede observarse desde este enfoque, como el narrador-participante de la misma, opera, permanentemente, una serie de códigos restringidos expresados bajo la forma de repeticiones, circunloquios, cacofonías, variaciones dialectales de todo tipo, los cuales no pueden ser elaborados adecuadamente, pese a que su rol de vendedor internacional de una extraña droga, lo lleva a trabar contacto con personajes de distintas culturas y clases sociales. La caracterización de dicho personaje, de este modo, puede verse como un atentado del escritor en contra del diseño del mismo; pero la lógica operada en el texto, deja ver que no es así. Este vendedor, como puede leerse en la novela, termina por consumir asiduamente de la misma droga que vende, y, en consecuencia, la pérdida de su memoria, le hace olvidar todo lo aprendido sobre los sitios –en sentido amplio—que ha visitado y las personas con las que ha dialogado. Por esto, no puede elaborar sus formas de expresión y comunicación.

Conforme a lo dicho, en la sociedad desmemoriada y patológica de Tokio ya no nos quiere, instituciones como la escolar, la clerical, el derecho y otras orientadas a desarrollar procesos de formación humana, no tienen sentido alguno. Parece ser que el Estado que puede inferirse de dicha novela, cuenta con instituciones en las que las profesiones técnicas, desvinculadas de todo tipo de subjetividad y cuyo formato metodológico tiene un carácter eminentemente cuantitativo, son las que le sirven de soporte a un sistema en el que el ser humano va perdiendo, paulatinamente, su competencia comunicativa y expresiva.

Pero las preguntas que podrían surgir de las profesiones que presumiblemente privilegiaría dicho Estado, son: ¿cómo hace el Estado en mención para controlar fenómenos como el de la rutina, la repetición, si miembros clave de su comunidad técnica, deciden cualquier día, de manera voluntaria, olvidarlo todo, incluyendo el conocimiento que tienen, cuyo insumo es esencial para que el sistema como tal opere? ¿Qué hace que el sistema propuesto fundado en una tecnología que aparentemente regula la sociedad, no decida, algún día, acabar con su mismo creador? ¿Qué lo hace sostener en el mundo al controlado vendedor, el cual solo vive ingiriendo cerveza y disfrutando de la diversidad de climas artificiales, en un mundo que ya no le pertenece y para el cual es un parásito inefectivo?

En este momento de la lectura --cuando surgen interrogantes como los formulados—, es que la novela de Ray Loriga, --a diferencia del Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, en la cual un Estado totalitario decide quemar todos los libros y un grupo de subversivos memoriza heroicamente textos completos de literatura y filosofía para salvar lo mejor de la humanidad--, comienza a perder pregnancia narrativa, dado que no se enmarca en una utopía o antiutopía como salida frente al conflicto del tiempo y del espacio que viene sometiendo a sus personajes. No hay héroes ni antihéroes modernos o posmodernos en esta novela. No hay un mojón que le permita al lector, mantenerse en algo diferente a la sola intención de convocarlo a que reflexione sobre su status quo y la posibilidad de que uno nuevo emerja. No hay moraleja, por decirlo de alguna manera. Es una novela, cuya potencia narrativa jamás se desata.

En Tokio ya no nos quiere, los eventos no pasan por el cerebro de sus personajes, son fotografías de un mundo iconizado por los artificios. Su narrador-participante ilocuciona actos de habla fríos, secos, sin emocionalidad alguna que a nadie le importan.
El tiempo para los personajes de dicha novela, se convierte en un vector escindido de cualquier explicación psicológica. Son ubicados, como autómatas, en unos topos prefabricados y modelados, para ser constantes referidas a un clima de aire acondicionado. Una actualidad permanente y desierta de sensibilidad, hace de los personajes entes que deben permanecer estables e indiferentes, debido a las demandas de un sistema global con su tendenciosa circular homogenizante y linealizante.

Esta novela de Loriga, como simple enunciación, deja abiertos sobre el tapete tópicos tales como los de la diversidad, la pluralidad, la libertad, convertidos mecanismos de exclusión en beneficio de ese anónimo sistema apenas descrito, los cuales deben ser arrancados de la memoria, para preservar un intangible orden institucional e instrumental que todo lo controla, desde la identidad del sujeto hasta la historia del hombre que sin voluntad de poder ya, no retorna jamás a algún escenario conocido. De la imagen risible y virtual de una caricatura de las circunstancias, los personajes son clones controlados por el código silencioso de un sistema que los representa. De su conciencia es saqueada, a su vez, la escasa humanidad que poseen y es minada, gradualmente, su posibilidad de optar por algo, debido a la intensiva presencia de los medios de comunicación y la asimilación consistente de una nueva forma de tiempo: eje de la eliminación del sujeto. Véase cómo, desde el inicio de la novela, el narrador-personaje-principal, por obra de la sustitución de un dogma por otro, expresa, lo siguiente: “Desde que los periódicos –no la Biblia o cualquier otro libro sagrado—dicen que el mundo se acaba, siento que las canciones son más cortas y los días más largos” [1999:11].

En la novela en comento hay hombres genitales, pero son rótulos sin sujeto. De aquí, que la memoria sea para aquellos un peso insoportable. El hombre –entiéndase la mujer, igualmente-- es tan solo significante que no significa en sí y por sí mismo. Es el instrumento de un tipo de organización que le recuerda que hay una droga que cura de la enfermedad del tiempo y de los topos orgánicos, la cual le da el significado que le otorgó previamente el sistema.

En resumen, el tiempo en la novela de Loriga --personaje más-- es un tiempo enfermo, sin dinamismo alguno, sin carácter transformador de los personajes. Es un tiempo informador, insumo de ingeniería de procesos, el cual adquiere vida virtual propia allende cualquier paisaje humano: “La luz de la piscina en mitad del desierto”, así genera la ilusión de un vuelo mental humano.

Recuérdese, que antes de la sociedad propuesta en esta novela, la amnesia había fundado la filosofía según la cual “quien olvida la historia está condenado a repetirla”. En la sociedad de Tokio ya no nos quiere, esta filosofía no es deseable. En el tipo de organización que impera no hay memoria, por ende, no hay historia, no hay nada relevante que decir, todo se repite maquinalmente o, mejor, el narrador-personaje-vendedor es un factor de la reproducción de un sistema que se subsume su conciencia, que le hace más eficiente, porque no tiene el lastre de los recuerdos. De esta manera, los personajes de la novela nada tienen que reclamar o contar. La memoria, como tiempo, es una enfermedad que se cura; así que la amnesia sea un asunto de museo para este tipo de sociedad farmacolizada.

En conclusión, los capítulos de esta novela pasan y pasan sin carga narrativa que concite. Sus personajes nada tienen que contar, son circunloquios que viven sin vivir. El lector no es sostenido, durante las 267 páginas de la novela en mención, por alguna espera, sino por un brillo estético que le hipnotiza y le deja una incontenible sensación de asco por una sociedad así. Tan solo, antes del final, después de haber vomitado como nunca con la vida monótona de cerveza de aquel narrador-personaje-vendedor, un poco de aire fresco llega a la nariz del lector, para ser abandonado, de todas maneras, a su propia asfixia, cuando apenas comienza a respirar algo en esta novela de lo inhumano. La novela termina en punta: es una estructura que, a modo de cuadros no secuenciados, castiga, prosódicamente, la lectura oral que se hace de ese hombre-patos, los topos y el tiempo del relato.

lunes, 16 de julio de 2012

El viejo remedio... Por William Ospina

YO SÉ QUE QUIEREN QUE NOS ALEGREMOS con la muerte de Pablo Escobar. Yo sé que quieren que nos alegremos con la muerte del Mono Jojoy. Yo sé que quieren que nos alegremos con la muerte de Marulanda. Y que nos alegremos con la muerte de Desquite, de Sangrenegra, de Efraín González.



Yo no me alegro. No me alegra la muerte de nadie. Pienso que todos esos monstruos no fueron más que víctimas de una sociedad injusta hasta los tuétanos, una sociedad que fabrica monstruos a ritmo industrial, y lo digo públicamente, que la verdadera causante de todos estos monstruos es la vieja dirigencia colombiana, que ha sostenido por siglos un modelo de sociedad clasista, racista, excluyente, donde la ley “es para los de ruana”, y donde todavía hoy la cuna sigue decidiendo si alguien será sicario o presidente.

Tanto talento empresarial de ese señor Escobar, convertido en uno de los hombres más ricos del mundo, y dedicado a gastar su fortuna en vengarse de todos, en hacerles imposible la vida a los demás, en desafiar al Estado, en matar policías como en cualquier película norteamericana, en hacer volar aviones en el aire: tanta abyección no se puede explicar con una mera teoría del mal: no en cualquier parte un malvado se convierte en semejante monstruo.

Y tanto talento militar como el de ese señor Marulanda, que le dio guerra a este país durante décadas y se murió en su cama de muerte natural, o a lo sumo de desengaño, ante la imposibilidad de lograr algo con su inútil violencia, pero que se dio el lujo triste de mantener a un país en jaque medio siglo, y de obligar al Estado a gastarse en bombas y en esfuerzos lo que no se quiso gastar en darles a unos campesinos unos puentes que pedían y unas carreteras.

Yo sé que quieren hacernos creer que esos monstruos son los únicos causantes del sufrimiento de esta nación durante medio siglo, pero yo me atrevo a decir que no es así. Esos monstruos son hijos de una manera de entender a Colombia, de una manera de administrarla, de una manera de gobernarla, y millones de colombianos lo saben.

Por eso Colombia no encontró la paz con el exterminio de los bandoleros de los años cincuenta. Por eso no encontró la paz con la guerra incesante contra los guerrilleros de los años sesenta. Por eso no encontró la paz tras la desmovilización del M-19. Por eso no conseguimos la paz, como nos prometían, cuando Ledher fue capturado y extraditado, y cuando Rodríguez Gacha fue abatido en los platanales del Caribe y Pablo Escobar tiroteado en los tejados de Medellín, ni cuando murieron Santacruz y Urdinola y Fulano y Zutano y todo el cartel X y todo el cartel Y, y tampoco se hizo la paz cuando murió Carlos Castaño sobre los miles de huesos de sus víctimas, ni cuando extraditaron a Mancuso y a Don Berna y a Jorge 40, y a todos los otros.


Porque esos monstruos son como frutos que brotan y caen del árbol muy bien abonado de la injusticia colombiana. Y por eso, aunque quieren hacernos creer que serán estas y otras mil muertes las que le traerán la felicidad a Colombia, los desórdenes nacidos de una dirigencia irresponsable y apátrida, yo me atrevo a pensar que no será una eterna lluvia de las balas matando colombianos degradados, sino un poco de justicia y un poco de generosidad , lo que podrá por fin traerle paz y esperanza a esa mitad de la población hundida en la pobreza, que es el surco de donde brotan todos los guerrilleros y todos los paramilitares y todos los delincuentes que en Colombia han sido, y todos los niños sicarios que se enfrentan con otros niños en los azarosos laberintos de las lomas de Medellín, y que vagan al acecho en los arrabales de Cali y de Pereira y de Bogotá.

Claro que las Farc matan y secuestran, trafican y extorsionan, profanan y masacran día a día, y claro que el Estado tiene que combatirlas, y es normal que se den de baja a los asesinos y a los monstruos. Pero que no nos llamen al júbilo, que no nos pidan que nos alegremos sin fin por cada colombiano extraviado y pervertido que cae día tras día en la eterna cacería de los monstruos, ni que creamos que esa vieja y reiterada solución es para Colombia la solución verdadera. Porque si seguimos bajo este modelo mental, no alcanzarán los árboles que quedan para hacer los ataúdes de todos los delincuentes que todavía faltan por nacer.

Más bien, qué dolor que esta dirigencia no haya creado las condiciones para que los colombianos no tengan que despeñarse en el delito y en el crimen para sobrevivir. Qué dolor que Colombia no sea capaz de asegurarle a cada colombiano un lugar en el orden de la civilización, en la escuela, en el trabajo, en la seguridad social, en la cultura, en la sana emulación de las ceremonias sociales, en el orgullo de una tradición y de una memoria. Yo, personalmente, estoy cansado de sentir que nuestro deber principal es el odio y nuestra fiesta el exterminio.

Construyan una civilización. Denle a cada quien un mínimo de dignidad y de respeto. Hagan que cada colombiano se sienta orgulloso de ser quien es, y no esté cargado de frustración y de resentimiento. Y ya verán si Colombia es tan mala como quieren hacernos creer los que no ven en la violencia del Estado un recurso extremo y doloroso para salvar el orden social, sino el único instrumento, década tras década, y el único remedio posible para los viejos males de la nación.

jueves, 22 de marzo de 2012

Premio Rey de España a la mejor Fotografía - XXIX edición


Foto: Wilton Junior
La foto que el brasileño Wilton Junior capturó de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, es simplemente impresionante. La fotografía se hizo merecedora hoy del Premio Internacional de Periodismo Rey de España.
El reportero gráfico nos muestra la imagen de Rousseff , en apariencia, atravesada por la espada que empuña un militar cuando le rinde honores. La expresión de la mandataria de Brasil refuerza el impacto en la imagen.
Wilton cuenta que tenía en mente reflejar en una imagen “fuerte” una síntesis del difícil momento político que experimentaba Rousseff el año pasado.
“Me enteré de la polémica generada por la foto días después de ser publicada. Me pareció algo curioso y estimulante. Es bueno cuando una imagen despierta un debate de este nivel. Creo que nuestro papel es este: hacer que las personas piensen”, comentó el fotógrafo a la revista Photo Magazine.
La instantánea fue publicada en el diario “O Estado de S. Paulo” el 21 de agosto de 2011 y en la revista “Veja” el 31 de agosto del mismo año.
Wilton de Sousa Junior, de 37 años, es periodista de prensa desde hace 19 años, y desde 2001 trabaja en la corresponsalía de Río del diario “O Estado de S. Paulo”.
EFE señala que ha participado en importantes coberturas como la captura de los asesinos del periodista de investigación Tim Lopes (septiembre de 2002), el paso de la antorcha olímpica por Río (abril de 2004), la visita del Papa Benedicto XVI (mayo de 2007) a la ciudad de Sao Paulo, la copa América (junio y julio de 2007) en Venezuela y la Copa del Mundo de Fútbol de 2010 en Sudáfrica.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Narrando historias de guerra: Natalia una periodista paisa modelo


Natalia, la paisa que narra historias de guerra

 
Natalia Orozco es una periodista antioqueña que desde hace 10 años se desempeña como corresponsal internacional, enfrentándose a la cobertura de distintos conflictos bélicos como la pasada guerra en Libia.

Ingeniosa para sobrevivir a la guerra y narrar su horrores. Sin escatimar esfuerzos, en medio de las balas y los cadáveres que dejan los conflictos, Natalia Orozco, una periodista antioqueña egresada de la UPB, ha informado sobre varios conflictos desde el frente de batalla, labor que ha sido reconocida con numerosos galardones. EL COLOMBIANO dialogó con ella sobre el desempeño de su profesión.

Ya son 10 años como corresponsal internacional ¿Cómo ha sido la experiencia?

"Mi trabajo me ha permitido cubrir durante 10 años, desde el lugar de los hechos, algunos acontecimientos mundiales que marcaron la historia reciente. Me siento muy privilegiada y sobretodo muy agradecida. Primero fue EL COLOMBIANO el que me dio su voto de confianza y me inauguró como corresponsal en Francia, asignándome la entrevista al entonces presidente Andrés Pastrana en su visita a París. Después fue para radio y TV que cubrí la muerte de Yasser Arafat. Como enviada de Caracol Radio , seguí al expresidente Álvaro Uribe a capitales de Europa. Finalmente cubrí para RCN, Univisión, NTN24y Teleamazonas , la guerra en Libia".

¿Qué le dejó la cobertura en Libia?

"Me dejo vivencias de enorme intensidad, una gran experiencia profesional y un segundo premio Simón Bolívar. La cobertura de una guerra es extremadamente demandante periodística y emocionalmente. Mas aún, en esta guerra, en la que no teníamos ninguna conexión con el mundo exterior, no había teléfonos ni internet. Eventualmente un satelital que funcionaba de vez en cuando. Dado que las condiciones logísticas fueron tan difíciles, especialmente en Trípoli, las relaciones de solidaridad que se crean con los colegas son muy fuertes. Cuando llegamos, la ciudad estaba en pleno combate y llena de francotiradores. No había agua y la comida escaseaba. El hotel fue atacado varias veces. Entendí lo que quiere decir que 'el estrés de una noticia va mas allá de no dejarse chiviar'. Tiene que ver con registrar los hechos y mantenerte con vida".

¿Cómo analiza la muerte de Gadafi?

"Hubiera preferido verlo enfrentado a una corte internacional. En esta guerra se dieron excesos de una crueldad indescriptible de ambos bandos y errores de la Otán. No me sorprendió que las cosas terminaran de esa forma, pero es un mal principio para una transición a la democracia".

Con el documental "Guantánamo: ¿hasta cuándo?" ganó su primer Premio Simón Bolívar ¿Qué recuerda de esa experiencia?

"El Pentágono permite que algunos periodistas lleguen a la prisión y comienza un espectáculo, frente al cual tenía que ser muy crítica. Recuerdo que me tocó respirar profundo cuando nos mostraban a los prisioneros (mucho de ellos ya libres de todo cargo) detrás de un vidrio como si fueran animales en un zoológico. No podíamos entrevistarlos. Cruzábamos miradas mientras lo militares nos narraban lo bien que eran tratados. Una vez salí de Guantánamo le pedí a mis jefes el permiso para dedicarme a buscar los exdetenidos que tratan de reconstruir sus vidas en Europa. Que me permitieran hablar con sus abogados y con defensores de derechos humanos y confrontar las versiones. Afortunadamente me lo autorizaron".

¿Cómo ve el periodismo de hoy y el valor de las redes sociales?

"Son herramientas de enorme valor que deben ser adoptadas con profundo criterio y en la gran mayoría, confrontadas con rigor. Pero sin duda representan una oportunidad y un desafío al periodismo. Nos obligan a reinventar, repensar y reformar nuestra capacidad de investigar, analizar e informar".

¿Cómo analiza la labor informativa en Colombia?

"Hay medios y periodistas que realizan un trabajo maravilloso, que me inspiran enorme respeto por el reto de ejercer la profesión en un país tan apasionante y complejo como Colombia. Como corresponsal internacional me he sentido libre de decir lo que pienso y preguntar lo que creo pertinente. Pero después de haber observado con enorme atención el periodismo en el país, me preocupa mucho el tema de la autocensura".

¿Cuál es el consejo que le da a las nuevas generaciones de periodistas?

"Creo que la integridad, la curiosidad insaciable, la mirada sensible y solidaria al mundo, sumados al criterio y a la intuición son el capital principal de todo periodista. El periodismo, que no es una profesión sino una vocación, está hecho para confrontar verdades a medias que las instituciones, los hombres de poder, las grandes corporaciones, e incluso las tradiciones nos hacen creer absolutas. Hay que desnudarse de prejuicios, perder el miedo a provocar o incomodar, defender con humildad y fuerza tus convicciones hasta que otro te demuestre que estás equivocado. En mi concepto para el periodista todos somos iguales y no hay verdades absolutas. Lo único inamovible son los principios."

¿A qué dedica su tiempo ahora, que está radicada en Francia?

" Hace un año renuncié al registro diario de la noticia, a la lógica de la chiva y al frenetismo de la última hora. Lo hice para buscar caminos que me permitieran ejercer un periodismo más analítico, investigativo y que, más allá de la actualidad, esté comprometido con la formación del criterio y sensibilización de la opinión pública. NTN24, que entendió mi decisión, me asignó el cubrimiento de Libia, terreno fértil para una vez cumplida mi labor como enviada especial, probarme como documentalista independiente. Ha sido impactante, pero he aprendido mucho. Invertí todos mis ahorros y me lancé a hacer un primer documental. Me desplacé varias veces a Libia y una vez en París, me dediqué a aprender de guiones y de cinematografía documental. Volví a ser estudiante, a leer mucho y a ser la última de la fila".

¿Piensa volver al país?

"Si alguien me invita a trabajar en un proyecto periodístico o humanitario en el que sienta que aporto algo real y concreto de lo aprendido en estos años de vida profesional, vuelvo de inmediato. Estoy lista para un nuevo reto, para dar de lo recibido y ojalá sea en Colombia, o en relación con América Latina".

martes, 27 de septiembre de 2011

La historieta como didáctica


La historieta como motor de aprendizaje
Truchafrita | Esta historieta fue realizada por Álvaro Vélez, quien lleva 17 años dibujando y es director de la Editorial Robot que publica uno de los fanzines más constantes del país. Truchafrita es profesor de historia en la Universidad de Antioquia.

La historieta como motor de aprendizaje

HAY DIFERENTES CÓMIC que con el lenguaje propio de este arte educan al público que lo consume, los temas van desde la Segunda Guerra Mundial hasta teoremas de física, una estrategia que se puede utilizar.
Daniel Rivera Marín | Medellín | Publicado el 25 de septiembre de 2011
Lo primero que buscan los niños en un libro son los dibujos. También los estudiantes universitarios buscan imágenes o diagramas para entender teorías, y cuando usted abre este periódico quiere que las fotografías ilustren a pie juntillas lo que los textos dicen.


El historietista independiente Robert Crumb, enseñó, por medio de su rebeldía y de sus trazos que van contra la corriente del cómic de superhéroes estadounidense, que la historieta tiene identidad propia y que con ella se puede hacer lo que se quiera, incluso, además de entretener, educar.



Ejemplos del cómic pedagógico están en libros que registran la historia, como Maus, de Art Spiegelman, novela gráfica que retrata lo pormenores del holocausto nazi en la Segunda Guerra Mundial.



Ricardo Liniers Siri, historietista argentino, resalta de Maus, que a diferencia de los libros de texto, "este muestra muchos detalles, no es algo global, enseña cómo se escondieron los judíos en los ghettos, es un libro de historia, la narración visual es muy buena".



Y el ejemplo de Maus solo es uno entre muchos, el mismo Robert Crumb ilustró los 50 capítulos del Génesis y el trabajo que ha realizado el estadounidense Larry Gonick con sus libros La historia del universo en cómic, Historia del mundo moderno en cómic, Guía de genética en cómic, Guía de sexo en cómic, Guía de química en cómic y cerca de 10 títulos más, son una muestra de que la historieta tiene las mismas cualidades que otras artes, educar a cualquier público.



Para Matt Madden, figura importante de las viñetas independientes en E.U. y quien se destaca como maestro y conferencista, una de las virtudes que hay que aprovechar es que la gente joven, mientras estudia, se está divirtiendo, porque, aunque el cómic tiene contenidos muy serios, su estructura es bella y entretenida.



"Para los jóvenes parecerá más ligero, pero no lo es. Puede tener el mismo contenido de cualquier libro de texto, pero presenta la información de una forma que parece menos densa", dice Matt Madden, para agregar: "Leí en el New York Times que investigaciones demuestran que si uno estudia algo con puro texto solo va a acordar un 10 por ciento después de una semana; pero si ese libro tiene algún gráfico, mapas o dibujos la cifra crece, se va a recordar el 70 por ciento".



Por su parte, Joni Benjumea (Joni b), comiquero de la ciudad y profesor en la Universidad de Antioquia, cree que en Colombia y en el sistema educativo hay que entender que los cómics "son una forma de hacer, la gente piensa que es un género solo para superhéroes y ya. No, esto es una forma de arte y existen todos los géneros posibles, hay cómics que parecen ensayos, novelas y textos educativos de muchos temas específicos".



En Medellín ya hay un proyecto que por medio de la historieta quiere educar a los lectores, es el Proyecto Babel del Colombo Americano, una revista de manga que divulga el aprendizaje del inglés.



Claudia Villa, coordinadora del proyecto, sostiene que "lo que queríamos era motivar a los jóvenes a aprender inglés, porque ellos se identifican con ese material y ahora le gusta hasta a los adultos". Y es que las historias que allí se entretejen tienen un tinte de localidad, "la idea es mirar el uso del inglés desde lo cotidiano".



Liniers, recordó con algo de envidia que en las comiquerías de París se pueden ver personas de hasta 60 y 70 años buscando lo que les gusta de las historietas, porque en otros países las viñetas no están estigmatizadas de cosas para niños, porque con ellas se puede llegar al gusto de todos los públicos y así, educar.


jueves, 9 de junio de 2011

Juan José Hoyos: Docente y cronista de alto vuelo



Juan José Hoyos Naranjo: mientras caen las flores de los guayacanes

Por Carlos Mario Correa Soto

Como el mejor cronista colombiano de los años 80 fue catalogado Juan José Hoyos por el reconocido periodista Germán Castro Caycedo. Perfil sobre este cultor e investigador del periodismo narrativo.

















Es muy probable que ahora que se jubiló el profesor Juan José Hoyos Naranjo esté  dedicado de tiempo completo a ver caer las flores de los guayacanes amarillos como cuando era un niño y “parecía que alumbraban en la noche”, y vivía en Aranjuez.

En esta barriada del oriente de Medellín, donde nació en 1953, su alma quedó tatuada por las cosas y los sucesos que definieron su vocación de periodista y su sensibilidad para ser escritor de crónicas y de novelas, y docente universitario.

También quedó marcado por la escuela popular donde aprendió a leer y a escribir a instancias de un maestro que había sido arriero, por la belleza sin maquillaje de las muchachas en flor, por los parques, los cafés, las heladerías, el cine, el bolero, el tango y la balada; por los avatares de su padre, músico de pueblo e inspector de policía, quien lo llevó a recorrer Guayaquil y lo engolosinó con los periódicos que llevaba a la casa en el bolsillo; y por la muerte por enfermedad de una hermana de 18 años y la muerte por riña cantinera… por el olor del jazmín…
La televisión colombiana realizó la telenovela Tuyo es mi corazón, basada en el libro del mismo nombre escrito por Juan José Hoyos.

Crecí jugando fútbol en las canchas de Aranjuez y Santa Cruz. ¡Qué días tan felices!” En 1959, cuando la señorita Inés le hizo el examen para que lo recibieran en primero de primaria en la escuela San Agustín, Juan José “recitaba con la misma propiedad el catecismo del padre Astete y la alineación del DIM”, un equipo que fue “de perdedores” en esos, y en otros tiempos. “Qué bueno ser hincha de un equipo pequeño como el DIM. ¡No humillamos a nadie y siempre vamos por la vida de derrota en derrota hasta la victoria final!”

En sus años de adolescente, Juan José, que para entonces ya vivía con su familia en Itagüí y se educaba en el Colegio de El Rosario, aprendería a valorar el humanismo de los curas que lo pusieron en contacto con los libros clásicos de la literatura universal, pero al mismo tiempo se rebelaría contra esa educación católica y se definiría por el agnosticismo.

En 1970, a la hora de dar el paso a la formación universitaria, pensó en estudiar arquitectura o sicología, pero ya sabía lo que quería ser en la vida: escritor. Por eso, al igual que muchos de los autores que había leído con excitación, eligió el camino correcto: el periodismo, el cual estudió en la Universidad de Antioquia.


<Conversatorio “El periodismo como memoria”. 9 de febrero de 2011, Universidad EAFIT, con Juan 
José Hoyos y Alberto Donadio.
En 1973, Juan José conoció al escritor Manuel Mejía Vallejo y asegura que eso le volteó la vida porque “él me impresionó mucho como persona y fue el primer gran escritor vivo que yo conocí porque los demás que había conocido eran muy valiosos, pero no con una voz personal tan fuerte, con un mundo propio y tan ligado a la vida como él”.

Para 1978, Juan José era corresponsal en Medellín del periódico El Tiempo y “sacándole tiempo al Tiempo” y al desastre cotidiano que debía redactar como noticia, en ansiosas jornadas en sus martes de “descanso”, fue escribiendo Tuyo es mi corazón, su primera novela, publicada en 1984.

Contrariado por los patrones del periodismo informativo que se aferran al discurso de la objetividad y de paso normalizan y envilecen a los reporteros, Juan José buscó reencontrarse consigo mismo exiliándose en el territorio extenso y feraz de los libros.

Por este motivo la génesis de El cielo que perdimos (1990), su segunda novela, está en ese “doble taller” en el que el periodista polaco Ryszard Kapuscinski les recomendó trabajar simultáneamente a los corresponsales de agencias de prensa y a los redactores de los diarios.



Y se encuentra también en varias circunstancias, motivaciones e intereses personales y profesionales de su autor que le ayudaron a resolver problemas del oficio narrativo, a curarse de dolores del cuerpo y del alma, y a dar testimonio de Medellín al comienzo de una de sus épocas más funestas.

Novelas en “clave de autobiografía”, las llama Juan José, pero bien pueden ser crónicas autobiográficas…Sus personajes principales, Carlos y Juan Fernando, miran y sienten la vida como la mira y la siente él…

Desde 1981 y durante los siguientes 27 años, hasta cuando le dio la gana de jubilarse, Juan José fue reconocido por decenas de alumnos de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Antioquia por su amor, investigación y conocimientos del periodismo narrativo y de sus principales géneros, la crónica y el reportaje.

Su clases, enriquecidas de anécdotas y apuntes biográficos y bibliográficos, se trasladaban de los salones a los bares y cafés, a las calles y parques de la ciudad, y años más tarde a las tertulias del Club de Lectura John Reed, donde tanto se evocó la memoria y el talento de la prosa de uno de los pioneros del periodismo literario moderno, en medio de los olores mezclados del café tinto, la cerveza y el papel envejecido en la librería de libros leídos de “El hamaquero”.

Juan José Hoyos, a la derecha de la imagen, el 9 de febrero de 2011, 
Día del Periodista en Colombia, durante la lección inaugural de 
Comunicación Social de EAFIT. / Foto Sebastián Pulgarín
Persuadido por la idea de Hegel según la cual el arte no tiene nada que ver con la belleza sino con la verdad, Juan José —catalogado por Germán Castro Caycedo como el mejor cronista de Colombia en los años ochenta—, escribió con “la fuerza de lo vivido y de la verdad” los reportajes reunidos en los libros Sentir que es un soplo la vida, El Oro y la Sangre Janyama: Un aprendiz de jaibaná; desarrolló sus investigaciones y ensayos didácticos Un pionero del reportaje en Colombia. Francisco de Paula Muñoz y El crimen de AguacatalEscribiendo historias. El arte y el oficio de narrar en el periodismo y La Pasión de contar. El periodismo narrativo en Colombia 1638-2000; y publica sus columnas dominicales en El Colombiano en las que, con la experiencia de haberle dado la vuelta a su oficio pasando por todos sus géneros, explora las posibilidades formales y temáticas del periodismo de comentario.

—Juan José, ¿cómo fuiste de profesor? Le preguntamos una vez. 



Y nos respondió:


Yo no sé; creo que como una madre católica. Yo para eso emplee el método que aprendí en un poema de José Manuel Arango— cuya amistad también lo marcó en el alma— que expresa: “no hay camino dice el maestro, si acaso existiera algún camino, nadie podría encontrarlo y si alguien por ventura lo hallara no podría enseñárselo a otro”. Entonces yo lo que hice con mis estudiantes fue bregar a acercarlos con amor a la literatura y el periodismo”.

Con el paso de los años los egresados de las universidades recuerdan, si acaso, a uno o a dos de sus profesores. Juan José evoca las clases de literatura y poesía del profesor Elkin Restrepo que lo “marcaron profundamente” en la U. de A. Y ahora, los ex alumnos de Comunicación Social del Alma Máter evocamos las clases de periodismo y literatura de Juan José que tan intensamente nos provocaron para investigar y escribir como reporteros, pues se trata del profesor que tenemos en nuestras mentes a pesar del paso devastador del tiempo que nos hace “sentir que es un soplo la vida”.